
Sargentes de la Lora, proa a la nieve, a la luz azul y al frío, es la cuna solariega de don Andrés.
Los Manjón han subido desde las Asturias y, aunque apenas tienen nada, visten jirones de hidalgo y gustan de la endogamia. Don Andrés así llamado por imperativo del calendario, 30 de noviembre, apellidará Manjón, Manjón, Manjón, Puente, González, Manjón, Manjón, Pérez. Qué lío de boda por la consanguinidad de los papás.
Don Andrés se definía como un cántabro hirsuto, áspero y bronco y acertaba en su autorretrato, que él atribuía a la dureza de la tierra.
Don Andrés recibió en Sargentes una escasa y lamentable formación mental, confiada a un maestro (sic) que era en la escuela sayón y escriba, ebanista, carpintero, campanero, relojero y pescador furtivo.
Don Andrés tuvo un tío cura, al que los gobiernos liberales de la desamortización pagaban 500 reales al año, que enseñó al sobrino piedad, mucho respeto y algunos latines. Pero, don Andrés fue hijo de una madre privilegiada con la pobreza, con la ignorancia humana, con la orfandad precoz y con la viudez prematura.
Sebastiana, doña Sebastiana, no sabía leer ni escribir ni contar, cosas que tampoco la hicieron mucha falta. Aprendió los evangelios y el catecismo «oyéndolos»; supo decir Sí y No y plantó una norma de verticalidad sobre la horizontalidad de la Lora. Supo transmitir a sus hijos el amor a Dios y el servicio al prójimo.
Los menguados recursos del tío cura dieron lo justo para que Andrés estudiara en Burgos la carrera eclesiástica y en Valladolid los estudios civiles del Derecho. A los 34 años era catedrático de Derecho Canónico en Compostela, pero en 1880 se instaló en Granada, estrado definitivo de su gloria y tierra de su campo santo.
Sobre el bronce de alma habían golpeado tres martinetes: Su madre, su tío y la Lora, tan alta como profunda, hasta grabar un hombre nuevo que en 1886 pidió al señor Arzobispo que le ordenara de sacerdote. Un año más tarde ganaba en oposición pública una canonjía en el Sacro Monte, antesala del paraíso, corriendo la gravísima tentación de encerrar su vida en la pinza del sillón canonical y de la cátedra rutinaria y, a vivir que son dos días.
Pero en la ladera del Monte Sacro, don Andrés se encontró con la maestra Mijas, una mujer pobretona e ignorante que en una de las cuevas enseñaba el catecismo y a leer a los niños, con el agravante social de gitanos y trogloditas. Se encontró con la sombra alargada de su madre, se sintió envuelto por el aura eclesial y por un llamamiento superior. Y se entregó a los niños, descalzos de pies, vacíos de letras y de números, pero con unos ojos grandes como lagos de inocencia y de belleza interior: …
Y sintió la voz quebrada de una España en crisis política apunto de perder el Imperio y de quiebra material. Y don Andrés se irguió sobre sí mismo y empezó a escribir la canción de gesta que su madre, Mijas, España y la Iglesia querían oír: Una obra educacional nueva, directa, encendida de regeneración cristiana y nacional de niños y niñas y de maestros y maestras.
Fue una acción abrumadora que se convirtió en voz de conciencia de gobiernos, de responsables; de vagos recuperados para la labor regeneracionista del cura burgalés. Las Escuelas del AVEMARÍA, que todavía siguen en el foro de la Pedagogía, fue la obra de un atlante que transportó en sus hombros de su Lora natal y bravía a la Granada del perfume y del ensueño oriental. Don Andrés no dirá su última palabra hasta que pueda pronunciarla desde el retablo de un altar. Atentos a su escucha.

«La habitación destinada a clase estaba en bajo y tenía por suelo la tierra, que por ser polvoriento cubrieron con lanchas los vecinos; por techo unas vigas y ripias de duela sin afinaciones de garlopa ni ajustes de cielos rasos; las paredes estaban enjalbegadas con tierra blanca; sin otro respiradero que una ventana de una vara que daba al mediodía, por donde entraba la oscura luz a aquella mísera y lóbrega estancia».
Estas palabras del pedagogo Andrés Manjón describen el lugar donde aprendió sus primeras letras. Se refiere a la escuela de Sargentes, la cual sólo era para niños. A la luz de este texto, la escuela no parecía reunir las condiciones necesarias para que se diera una educación aceptable.
Años más tarde, viendo Andrés los resultados de su obra granadina, funda en el pueblo una escuela para niñas, que atendiera las necesidades educativas de éstas. La nueva escuela abrió sus puertas en el año 1893, en una casa cercana a la Iglesia que aún hoy se conserva.
En esta clase se reunían las niñas y los niños más pequeños del pueblo, párvulos, para aprender las letras y las matemáticas. Los párvulos, cuando finalizaban su etapa en la escuela del Ave-María, debían ir a la escuela Normal.
Con el fin de que los niños pudieran continuar aprendiendo, según la pedagogía de Andrés, en 1917 se abrirá un edificio que servirá de escuela para los niños. Este edificio continuará como escuela hasta 1982, año en el que, por falta de alumnos, se vio obligada a cerrar. Sin embargo, podemos ver el edificio que en los últimos años se ha rehabilitado para aulas de tiempo libre.
LA EDUCACIÓN EN EL AVE-MARÍA DE SARGENTES DE LA LORA
Las escuelas de Andrés se regían por una serie de principios; de los que cabe destacar algunos:
Teniendo presente este ideario pedagógico se puede afirmar que Andrés fue un renovador dentro del campo educativo. Los principios eran claramente visibles en su manera de enseñar.
El día en la escuela de Sargentes comenzaba con un dictado o caligrafía que los niños realizaban en unas pizarras que el maestro recogía y corregía. A continuación el maestro proponía un problema y entre todos trataban de resolverlo. La historia se aprendía en libros y más tarde se ponía en práctica sobre una rayuela.
La oración también ocupaba una parte en la educación diaria. Además, las niñas aprendían tareas sencillas de la casa como coser y planchar. Dentro de la escuela, los niños más avanzados tutorizaban a los demás.
Los juegos tuvieron una gran importancia en este sistema educativo. Algunos de ellos fueron seguidos por la mayoría de maestros del Ave-María, pero cada uno aportaba alguna novedad a lo ya existente dependiendo de la escuela que ocupara. Aún hoy se conservan algunos de estos juegos en el portalón de la escuela de niños de Sargentes de la Lora.