

SE ESTABLECE EL FRENTE
El frente verdadero de la guerra fue aquí; porque es que aquí estaban los rojos, como se decía, en el valle [de Valderredible]; y los guardias estaban en el Somo. El Somo es lo que domina el valle, donde divide Burgos con Santander.
Pues estaban los guardias en el alto, hacían la guardia en el alto, y allí estaba una bandera muy grande… Desde julio que estalló el Movimiento, al principio de la guerra, sólo estaban ocho o diez guardias civiles, y estaban también falangistas, para no dejar subir a los rojos. Pero luego ya, llegó una noche que subieron [los rojos] para arriba, y los guardias, como no se podían defender, porque subían más que ellos, pues tuvieron que venir al pueblo: «¡Ay, que vienen los rojos, que vienen los rojos!».
Y entonces fue cuando ya no volvieron a bajar al valle ésos; o sea, ya habían puesto el frente más arriba; poco a poco fueron viniendo hasta aquí, hasta encima del pueblo. Ya, luego ya, cuando eso, vinieron los militares [del bando de los «nacionales»]: el 13 de septiembre fue cuando subieron; eso fue aquel día: ¡yo que me asomo a la ventana y… pero qué pasa, si no hay nadie en casa!; me asomo, y veo a muchos con varas largas y eso, y eran se conoce que los camilleros; que habían venido doce o catorce camiones con refuerzos de Burgos, que habían pedido refuerzos.
Y ya, aquel día vinieron doce o catorce camiones llenos de militares, y fue cuando empezaron a establecer el frente, el 13 de septiembre. Pero ya, hasta cerca, estar cerca, cerca, no vinieron hasta abril.
Había un terreno, como medio kilómetro o un kilómetro [de separación entre los dos bandos], estaban un poco distantes, pero luego ya, cuando se acercaron encima del pueblo fue en abril, y fue cuando nos marchamos; marchamos cada uno por su respigón, nadie se quedó aquí, me acuerdo porque teníamos una vaca holandesa y teníamos que entregar la leche, y había que cuidarla, claro, y alguno se quedó aquí con la vaca y tenía que cuidarla, sacarla a pacer en algún sitio escondido, pa que paciese algo; y luego, la leche la teníamos que entregar en el hospital, que había un hospital de sangre, una casa que les dejaron y que la llamaban el hospital de sangre, para lo militares que, o que les herían o estaban enfermos, o lo que fuera.
Y mi madre tenía que dar la leche al hospital, y luego vendía algún litro ella a los militares, que en vez de entregarlo todo se conoce que dejaba algo, no sé cómo… Los demás animales los sacaron todos: los rebaños de ovejas, los bueyes, los novillos… todo. Y los rebaños los tuvieron en un pueblo, en Gredilla de Sedano, o no sé dónde; cada cosa en un sitio, igual que los gitanos. De aquí se llevaron los rebaños enteros.
En total, que desde abril hasta septiembre —que yo no sé cómo fue aquello de la bolsa que decían de Bilbao—, aquí no hubo ataques ya; en septiembre ya se retiraron [las tropas nacionales], porque yo no sé qué bolsa les hicieron [a los rojos], yo no entiendo de eso y ya no me acuerdo cómo fue.
TRINCHERAS, MURALLAS Y ALAMBRADAS
Para eso [para la defensa del pueblo] estaban las trincheras. Es que cuando pasaban de un sitio a otro, para eso estaban las trincheras, que decían. Y estaban, que podía pasar uno de pie y no le veían. Hicieron una muralla todo alrededor [del pueblo], con unas mirillas para tirar desde dentro. Y luego después, vinieron los de zapadores a recoger las alambradas que habían puesto.
Los de zapadores venían porque tenían mucho material en alambradas. Es que antes de llegar a la cerca había alambradas, para que les costase trabajo llegar, porque si no, si se embobaban un poco, enseguida se echaban encima; y así, con las alambradas, mientras las cortaban o no las cortaban… No había más que dos entradas en el pueblo, ¿eh?, ahí abajo y ahí en eso.
CADÁVERES ABANDONADOS
En una ocasión hubo un ataque para el para-peto de aquí, de La Horca; y era una mañana de niebla, que venían por Valdeséis; venían unos cuantos y mataron a veintitantos o treinta rojos. Estaban cercando el parapeto, pero levantó la niebla, les vieron y les mataron. Todavía en el mes de septiembre, que vine yo, y eso fue en abril o algo así, y todavía estaban algunos de esos militares en el suelo; los cogieron después. Me acuerdo que dijo mi hermano, dice: «Vamos a acercamos allí». Se les veía por los zapatos, claro,
SARGENTES, EVACUADA
Cuando la guerra, tuvimos que evacuar todos, porque como dominaban los rojos allí… [Estuvimos fuera] pues tres meses o cuatro. [Evacuamos] pues la mayoría, no quedaron más que cuatro mayores, todo el mundo: el uno estaba en Burgos, el otro en Sotopalacios, el otro en… como los gitanos. Eso era cuando aún no había aquí apenas militares y no había defensa.
Me acuerdo que mis padres guardaron el dinero ahí en eso, en esa tejadilla, que estaba llena de leña y llena de todo. Y me acuerdo que luego, se cono-ce que lo habían sacan… No sabían dónde ponerlo, porque antes no había cajas [de ahorro], o eso. Y para entonces era bastante [dinero], tenían unas ocho mil pesetas. Pues lo habían metido ahí en eso, en una caja, y resulta que luego lo sacaron por miedo, y a los pocos días, todo revuelto estaba; se conoce que los militares habían andado revolviendo, y si no lo habrían sacado, se habían quedao sin ello.
Según iban por ahí, tiraban desde arriba y a una señora la hicieron ocho o nueve agujeros en las faldas, y no la pasó nada; como entonces llevaban las faldas un poco huecas, pues el caso es que… Es que coincidió que salía una sección de caballería, de falange, que los tenían aquí los caballos, en esta casa; pues que tiraban se cono-ce que a los militares, y ella que [debía escapar del tiroteo] pues….
LA GUERRA Y LAS REQUISAS
Lo que nos tocó vivir durante la guerra fue durísimo. Además, pérdidas, muchas, ¿eh? Aquel ario, lo primero: no pudimos sembrar más que al principio el trigo, porque entonces todavía estaba libre; pero luego, ya, como acapararon rol terreno, ya no se sembraron patatas ni se sembró nada.
Pues después ya, en septiembre, ya habían empezao los rojos a segarlo el trigo que teníamos, pero todavía pudimos segar algo nosotros. [Ese trigo] es lo único que recogimos. Por otra parte, ganao, a mi padre me parece que le fallaron, entre las que le mataron aquí cuando los guardias, y luego las que fallaron en el pueblo cuando las tuvieron en el rebaño, yo creo que más de diez vacas y ovejas. Y quien dice eso, también hubo una temporada de requisas, que había que dar alguna vaca o algún…».
Informante: Rosario Manjón, de 80 arios, de Sargentes.
Colector: E.R. Fecha: 7-8-2004
PUEBLOS AMURALLADOS
«Había muchos soldaos, llegaban con camiones, y se les destinaba a los sitios del Frente. Este pueblo estuvo amurallado entero, con dos paredes más altas que yo. Y pasaba la gente entre las dos pare-des; el pueblo entero todo rodeao. Por la noche hacían las paredes porque las jodían aquellos. A los presos rojos les tenían para hacer las paredes.
Allí tenían los soldaos un carro de bueyes de portillera, y decían: «¿Tiene usté pase?» Y si no le tenían pues no le dejaban pasar. Ahí había otro carro [cruzado en la calle, en otro de los accesos al pueblo] y dos soldaos. Venía un coche o alguien y [preguntaban]: «A ver: ¿trae usté pase? Eso servía de portillera.
Aquí había capitanía cuando la guerra, los jefes gordos allí estaban. Aquí había muchos militares: entre los pajares, los desvanes; las habitaciones pa los jefes… Los nacionales estaban allí arriba y los rojos allá….Un día tomaron un pacto, que llamaban, y se juntaron aquí todos, sin un tiro ¿eh?; aquí estuvieron todo un día juntos como amigos; y llegó un momento que dicen: «bueno, cada quien a su sitio»; los vi venir, y aquí se juntaron; ellos bajaron cien o doscientos, y cuatrocientos que había aquí, fíjate tú.
Después se preparó un follón seguido, porque verás: había un hermano en el otro lao y el otro en éste. Se juntaron allí, se abrazaron y dice el de los rojos: «Mátennos juntos, que yo no vuelvo allá».
Los cañones les tenían en Ayoluengo, desde aquel altito hacia aquí tiraban, por encima del pueblo; morteros se llamaban, los morteros pasaban por encima el pueblo.
La fuente del pueblo estaba abajo, y había veces que se encontraban a por agua [soldados de] las dos partes, y entonces no tiraban ni un tiro ni nada.
EL PARAPETO DE LA MUERTE
Se llamaba el Parapeto de la Muerte, pues por-que estaba ahí el frente. Y fíjese, los tiros llegaban aquí, claro. Mire, en este colegio, por la parte atrás, tiene todavía los impactos de las balas.
LA COLUMNA SAGARDÍA
[Sagardía] conducía la «Columna», que decían. Esa casa [en el centro del pueblo] era la casa del médico, [y] era Capitanía [la Comandancia] cuando la guerra; ahí estuvo [alguna vez] Sagardía.
«¡SÁLVESE EL QUE PUEDA!»
Aquí estaba yo un día que hubo un ataque; que había un ataque como que no quedábamos uno [vivo]; y nos tenía mi madre a los seis hijos, así cogidos.
Dice:
—¡Aquí morimos todos! Y ya se anochecía, y decía mi madre:
—¿Aquí vamos a estar? Y se fue a capitanía, que estaba allí, ande la iglesia, pa ver que había que hacer:
—Oye: ¿qué pasa? ¿Qué hay que hacer, qué hay que hacer?
—¡Cómo que qué hay que hacer! ¡Sálvese el que pueda! –le dijeron.
Dice:
—¿Sabes lo que te digo? –Me cogí, sin padre ni madre, y me marché por el campo a través, por allí, entre tiros ¿eh? Y a Ayoluengo fui a quedar-me. Llamé a una casa que conocía, y me acuerdo que llamé en aquella puerta:
—¡Ladislao! ¡Ábreme!
—¡Ay, coño, en qué día vienes!
—¿Pues qué pasa?
Dice:
—¡Pues que tengo a la mujer dando a luz!
Dice:
—Pues déjame dormir aunque sea en la escalera. Y justo, me senté en la escalera, arriba, y allí amanecí».
Informante: José Luis Gallo, de Sargentes, de 77 años.
Colector: E.R. Fecha: 7-8-2004
LA GUERRA EN AYOLUENGO
«En un cerco que tuvieron en Lorilla, que cer-caron los rojos, y estuvieron resistiendo bien, bien, y de Basconcillos, me han contado a mí, que su-bieron la caballería y se lanzaron sobre el pueblo, a caballo, sobre los cercos que tenían, y lo…
El general Sagardía tenía el cuartel general en Tubilla [del Agua]. Estuve en Tubilla con mis padres y allí le vi muchas veces.
[En el Parapeto del Hambre], en aquel entonces vi un ataque: ¡cómo corrían los moros cuando le cogieron los rojos! ¡Corrían para abajo, vaya manera de correr! Y el Parapeto de la Muerte también le cogieron los rojos, ¿eh?; y también les vimos correr para afuera a los nacionales.
LAS CARRETERAS DE LA GUERRA
La carretera de Lorilla a Basconcillos la hicieron los nacionales, como [también] hicieron la carretera de Sargentes a Basconcillos, que la hicieron los nacionales entonces, cuando la guerra. Yo iba.
En una oportunidad me dijo mi padre: «tú, sólo vete con el carro, y lleva los bueyes allá con el carro, a la carretera de Sargentes a Basconcillos. Y yo fui con el carro, y fui con otros vecinos.
Es que [la construcción de las carreteras] era imprescindible para sostener [el avituallamiento y el movimiento de los militares], yo creo. Como por ejemplo: aquí había carretera de Sargentes a San Felices, pero de aquí [de Ayoluengo] se hizo una a San Felices; nosotros, de chavales, íbamos con los de artillería».
Informante: F. Manjón, de Ayoluengo, de 80 años.
Colector: E.R Fecha: julio, 2004
MISA EN LORILLA POR EL FIN DE LA GUERRA
«En el 39 [1939] se celebró una fiesta de la terminación de la guerra en Lorillla, [en el lugar] que son las tres provincias: Santander, Palencia y Burgos. Allí estuve yo. Tengo mala memoria, pero no se me olvidará que marcharon los curas: estaban diciendo el sermón, [cuando] se oyó un avión, y tol mundo [se desperdigó] por el monte abajo, a meterse al monte. Estaban en el sermón, y en el momento que se oyó ruido de aviación, el público y ellos [los curas] se tiraron del púlpito. Había por lo menos tres curas. Ya había terminao la guerra y militares allí no había nadie».
Informante: Jesús Ortega, de Pomar, de 84 años.
Colector: E.R. Fecha: 10-6-2004